En estos últimos días tuve la idea de romper algunos tabúes con relación al sexo anal que me acompañan desde hace tiempo y que considero que tiene sentido porque me parece que el cuerpo es sabio al momento de dejar en claro que partes de nuestro cuerpo están hechas para recibir y otras no.

A pesar de eso la curiosidad hace su parte, siempre he creído que es importante experimentar las cosas antes de cerrarse o negarse a hacerlas. Aunque sé de buena fuente que las consecuencias del sexo anal pueden ser muchas y escandalosas, sobre todo porque se trata de una parte de nuestro cuerpo diseñada para deshacerse de lo que no necesitamos, hay bacterias y se pueden encontrar restos de heces, por ejemplo.

De cualquier forma decidí lanzarme a experimentar un poco esta área de mi sexualidad, pero no fue una decisión del todo consciente, porque planear estas cosas no es algo que se me dé muy bien, sino que me suelen suceder de una forma natural en la que ya que se está en cierta situación sólo vale la pena aceptarla.

Creo que empecé con el aspecto más amable y placentero del sexo anal: el beso negro. Me imagino que todas las personas que leen este blog saben de qué se trata, es realizar sexo oral al ano. Algunas personas podrían preguntarse, como yo lo he hecho, ¿qué es lo que las personas pueden encontrar de divertido en eso? Los textos que me he encontrado al respecto dicen que se trata de una zona muy sensible y que aprovechar esas terminales y sus secretos pude llevar a un placer que hace que valga la pena el riesgo.

¿Cómo fue que llegué al beso negro? Bien, lo primero es tomar en cuenta las condiciones que me llevaron a pensar que era una buena idea. Mi pareja y yo habíamos salido de bañarnos y estábamos preparándonos para ir a una cena de gala que se nos apareció de repente. Algo en la idea de la elegancia habrá hecho algún juego curioso en mi mente. Cuando mi pareja salió de bañarse me lancé sobre él y durante un 69 me vi tentada a practicar estimularlo, el placer que sabía que podía provocarle me decidió, si es que esas cosas se deciden.

Sí, yo empecé, sobre todo porque la idea de hacerlo feliz, que sintiera placer era mayor a la idea incluso de que pudiera incomodarlo o de que hubiera la necesidad de hablarlo antes. El resultado fue bastante sorprendente en un inicio, porque lo que sucedió fue la reciprocidad, él hizo lo mismo y terminamos por darnos otro baño porque no podíamos llegar a la cena así nada más.

Creo que lo más interesante de esta experiencia fue la ruptura de estos límites, de las barreras que tenía y haber encontrado un placer nuevo, al que no siempre creo atreverme, pero que me ha mostrado una nueva forma de disfrutar de mí y mi pareja.