Recuerdo que una amiga estaba traumada con los pies, no era que le gustaran, sino todo lo contrario. Eran el tipo de cosas que debía evitar tocar mientras estaba teniendo relaciones con su pareja. Me contó que la primera vez que estuvieron juntos en algún momento empezó a acariciarla, usaba las manos, pero cuando también usó los pies no pudo controlarse, gritó y tuvieron que dejarlo para otro día.

Todas las personas tenemos nuestra kriptonita, algunas mucho más a la mano que otras, el punto en el que sin importar qué pueda pasar, si ocurre decidimos que ya no se puede continuar. No vale la pena contarles por qué esta amiga tenía esta obsesión con los pies, sólo diré que vivió muy cerca de unos que siempre le inspiraron miedo y asco.

Lo traigo a colación porque me parece curioso que algo que para unos es un objeto de fetiche, un símbolo de placer, motivo de lujuria y las más bajas pasiones; pero para otra persona se puede transformar en una forma de hacer desaparecer todo el deseo sexual.

Por mi parte yo siempre he sentido cierta debilidad por cuidar de mis pies, desde pequeña me gustó el tiempo que podía dedicar en su cuidado, sobre todo porque siempre me gustó andar descalza por todos lados porque me parecía que eran bellos y quería sentir el mundo con ellos. Luego, conforme fui creciendo, tomé el gusto por los zapatos y las sandalias. Eso sí, no creo que haya encontrado un calzado que me guste más que estar con los pies desnudos.

Uno de los nuevos placeres que esto ha desarrollado en mi pareja es que lo masturbe usando los pies. Todo empezó con una cena en la que decidí ser un poco traviesa y empezar a estimularlo desde el asiento de enfrente. Creo que debo agradecer a mi costumbre de experimentar el mundo con los pies y mi pasión por bailar el hecho de que haya terminado por tener que ir al baño para huir de un orgasmo que lo hiciera manchar el pantalón.

Les contaré que al final lo alcancé para disfrutar de lo que había provocado. A partir de esa ocasión es algo que le gusta que haga, sobre todo cuando pinté mis uñas y uso un pequeño anillo en los dedos. Es curioso, la dedicación que he dedicado al cuidado de mis pies ahora hacen que sean no sólo una forma de seducción, sino que también su afición y la estimulación que le gusta hacer de ellos los ha hecho una zona erógena que no pensé que podría tener.

Mi recomendación es que se diviertan con su cuerpo, que lo disfruten y lo amen; en cierta forma con eso cubierto van a poder divertirse con él, ver cómo algunas partes provocan el deseo casi inmediato de su pareja y cómo también esa seducción despierta sensibilidades diferentes en ustedes. Un buen pedicure siempre puede tener ventajas.