Hace poco vi la película de La insoportable levedad del ser. No se preocupen, no se las voy a contar. En ella hay una escena en la que una mujer camina sobre un espejo desnuda. Justamente esa imagen, la forma en que se comunica el cuerpo desde el cristal y la fragilidad que transmite. Por cosas como esta creo que hay veces que hay que atreverse a ver películas que nunca pensaríamos en ver, esas que se quedaron en la lista de cosas por hacer o de las que alguna vez alguien nos recomendó, ya sea un profesor, un amigo lejano, el muro de Facebook de un amigo que pretende ser culto o, por qué no, un exnovio caído en el olvido.

Eso me hizo pensar inmediatamente en todas las veces en que he tenido sexo frente a un espejo, en lo curioso que es ver los dos cuerpos de repente a un costado y pareciera que el placer se duplica al estarnos observando él y yo, cruzar las miradas a través del espejo hace que la experiencia parezca salida de otra dimensión, incluso la sensación se transfiere y se transforma.

Hace poco fui con mi pareja a un motel para cambiar de aires y dejar descansar un poco a los vecinos. Tuvimos la suerte de encontrar uno que tiene dos espejos que se miran entre sí, como en algunos elevadores. El efecto fue increíble, aparecíamos duplicados miles de veces. No sé bien qué efecto tenga en la mente que nos veamos a nosotros mismos, pero supongo que hay algo de reconocerse a una misma, de entenderse, en cierta forma.

Lo que sentí cuando en un instante me vi junto con él experimentando el placer y su euforia fue como un ligero aumento, porque alcancé a ver partes de su pasión que no siempre quedan a la vista y no sólo lo sentí. No que no sea suficiente, pero ver el esfuerzo que le nace desde la espalda y los glúteos, también observar cómo mi cuerpo lo recibe, cómo mi caricia parece que abre un surco en su espalda.

Hay episodios de nuestra sexualidad que no logramos ver, sabemos que el rasguño que acompaña el orgasmo y el gemido deja una marca en la espalda para el recuerdo, pero el espejo ahí se vuelve nuestro aliado, nos ayuda a ver de qué forma ambas pieles se mezclan y se hablan.

También es en un espejo donde podemos ver bien nuestro sexo, donde podemos explorar nuestro cuerpo con la vista, porque el tacto también nos acompaña y nos enseña. Acompañar esos momentos de pasión de esa otra mirada es algo que les recomiendo, no tener miedo a ver y verse a sí mismas.

¿Alguna vez se preguntaron qué le gusta tanto de su rostro cuando alcanzan el orgasmo? Yo no alcanzo a ver por completo, no sé qué tanto las muecas que hago pueden llegar a ser como las de las actrices porno y excitarlo, pero no cabe duda de que son sinceras.