En este mundo que está lleno de prisas, accidentes y tropiezos no es extraño encontrar gente que sufre tanto día con día. ¿Por qué lo más difícil a lo largo de un día tiene que ser poder disfrutar de estar vivo? El tráfico, los trámites, las filas, las grúas y la burocracia parece que conspiran todos los días para encontrar una forma de sabotear cualquier intento de alegría. Ocurre que el día de ayer pase por un lunes que le pudo haber funcionado a Garfield como ejemplo para dejar muy en claro por qué ese día deberíamos quedarnos en cama hasta que llegue el martes.

Paso que mi coche desapareció en la tarde, una grúa se lo llevó. Sé que suena a lugar común, pero el pobre estaba bien estacionado. Conseguí rastrearlo, fui en busca de los papeles, dispuesta a enfrentarme al tráfico y a la burocracia con valentía y resignación. Cancelé dos reuniones, ni modo. Lo importante era rescatar mis cosas, sino al día siguiente no iba a poder trabajar. Elegí un buen día para hacer home office. No tengo por qué contarles todo, seguro ya lo han vivido y sobrevivido.

En resumen, pasé la mayor parte del día de fila en fila, porque los papeles nunca son los correctos y las copias siempre faltan. Un minuto antes de que cerraran las oficinas pude liberar mi carro justo para sumarme a la hora pico. Al llegar a casa después de una travesía lenta, la lluvia decidió acompañarme en mi dolor y caer sobre mí para refrescarme. Cuando iba a empezar a trabajar me di cuenta de que la cereza del pastel estaba ahí. La computadora estaba descargada, no había llevado el cargador y eran las diez de la noche.

¿Qué quedaba por hacer? Decidí hacer lo único sensato, darme un baño, masturbarme a conciencia y cenar como Dios manda. A pesar de que pintaba para llamarse un día terrible nunca sentí que hubiera una razón para echarme a llorar y quejarme. En realidad fue una travesía bastante divertida, nada salió como lo esperaba y no pude hacer nada de lo que debía. Con el tiempo aprendí que ese tipo de llamados de la vida lo que te piden es que te enfoques en lo importante.

Desde que empecé a hacer uso de los juguetes sexuales y con eso abrirme a la oportunidad del placer, no hay día en que no pueda decir que algo me hizo sonreír. Podría decir que mi dildo y yo estamos juntos contra el mundo, que en él encontré un camino para disfrutar de lo que ocurre día con día, porque aprendí pronto que el placer está en mis manos, en más de un sentido. La vida le sonríe a quienes están dispuestos a reírse un buen rato de todo lo que pasa. No sé si sea ingenua, pero debo confesarles que no extraño tomarme la vida tan en serio. Por cierto, ¿qué habrán pensado los policías al ver que dejé mi bala vibradora junto a la palanca de velocidad?