Tengo una confesión que hacer, pasó el otro día mientras me daba un descanso después de una serie de días largos. Les había contado en alguna ocasión que una bala vibradora presenta muchas ventajas cuando se lucha contra el ritmo de la ciudad y en temporadas como ésta, disfrutar de los placeres que se esconden en algunos puntos cuerpo que, en medio de una ciudad gigante y desastrosa como lo es la Ciudad de México, es un deber de toda mujer que se precie de serlo.

 

Aunque sí, no se hace y nada más. Es de mal gusto encontrar gente masturbándose en la vía pública, al menos cuando los ves y te das cuenta de lo que pasa. Por eso las balas vibradoras te dan ciertas libertades placenteras, lo móvil y lo portátil, la discreción. Una intimidad disimulada.

Lo confieso, me masturbé en un lugar público. No pensé que fuera algo que haría, pero creo que no estaba tan lejos de llegar ahí. Fue cuestión de tener claras las prioridades, es decir mi felicidad y el placer por encima de la vergüenza que, hay que admitirlo, no nos sirve para mucho. Esas son las ventajas de tomar vacaciones fuera de temporada y, aunque la gente que había alrededor estaba lo suficientemente lejos como para pasarme por alto, algo tiene llevar la intimidad al mundo exterior.

Hay algo en romper un par de reglas morales que hace de los espacios públicos un lugar especial. Por supuesto, lo hice con discreción porque no soy partidaria de llamar la atención de forma innecesaria. Aunque tengo la idea, casi segura, de que un orgasmo siempre es algo notorio, el universo no se queda igual cuando algo estalla. 

Una amiga lo llevó más allá. Me contó que en una ocasión, en plena central de autobuses se lanzó a experimentar el sexo justo en uno de los lugares más concurridos de los que pude haber imaginado. Por más que intento imaginarlo no me queda del todo claro cómo lo habrá logrado. Primero, imagino que llevaba un vestido, ese tipo de maniobras se simplifican mucho en las temporadas veraniegas. Pero ¿y su chico?

Hay cosas que no terminan de parecerme que sean posibles. Por ejemplo, el movimiento debió haberse limitado, no se puede intentar nada muy arriesgado o intenso sin llamar mucho la atención de la gente alrededor. La otra parte tiene que ver con los rostros, ¿qué haces, te aguantas, finges demencia o te dejas llevar con total descaro? Supongo que es algo de todo eso.

Creo que todavía hay líneas que no me atrevo a cruzar, pero hay otras que sólo necesitan de una bala vibradora para lograrlo, sin que por ello tenga que sentir que todo el mundo me volteará a ver o se dará cuenta. Aunque, ¿no es esa la parte excitante? La posibilidad de que en algún momento alguien note que el placer nos inunda y se muera de envidia.