En esta ocasión deseo hablar de un tema que se me acercó en estos días por medio de un chisme. Se trató de un largo debate sobre el sexo oral el fin de semana en el que no sólo aparecieron los amantes sino también los detractores, apareció la anécdota, una vez más, del chico que parece que tiene un trauma y no sólo es capaz de vomitar ante la idea del cunnilingus, sino que ni siquiera se siente cómodo con la posibilidad de recibir una fellatio.

En alguna ocasión hablé sobre cómo parte de lo que espanta a las personas es el olor o el sabor y es importante que sepan, queridas lectoras, que hay olores y sabores que no son usuales y que aparecen como síntoma de algún problema, higiene o infección. No está de más hacer la nota para el cuidado de la salud, chicas. Siempre es bueno que se den una vuelta con el ginecólogo. Cuidarnos es parte de nuestro placer.

Lo cierto es que no todo es para todas, hay olores que son naturales y que (en lo personal) motivan la pasión, esa parte de nuestra sexualidad que está relacionada con los aspectos animales de nuestra vida. Hay partes de nuestras vidas, espero que todas ya lo hayan vivido, que tiene su origen en el instinto y los ciclos de la naturaleza.

El olor y el sabor en ese caso es el origen de una forma distinta de hacer las cosas, cuando nos dejamos llevar. Lo que decían algunos de los hombres que se metió al debate es que si hay algo que lo lleva a ir más allá, que pone la excitación a otro nivel, eso que es el éxtasis, es precisamente el sabor y el olor del sexo de las mujeres. Dice que le recuerda al comino.

La parte más difícil del debate estuvo en las personas que rechazaban sin ningún miramiento el sexo oral y –ahí lo grave– no lo habían experimentado. En mi opinión es un absurdo, cómo se puede decir que no nos gusta la playa si nunca la hemos visitado, que no nos gustan las hamburguesas o la pizza si nunca nos hemos dado la oportunidad de probarlas. No logro entenderlo.

La vida para mí tiene sentido por las cosas que atravesamos, que al experimentarlas no s hacen ver las cosas de otra forma. No quiere decir que me dedique a ir por ahí y pruebe y saboree todo, que siempre esté en busca de nuevas cosas, sino que me doy la oportunidad de añadir a mi lista de gustos y placeres lo que me pueda despertar la curiosidad.

Al final surgió una duda, si cada uno de nosotros pudiera elegir un olor y un sabor para el sexo opuesto, ¿qué sabor y qué aroma sería el que nos gustaría? Hubo propuestas bastante extrañas, desde el tocino y el camarón, hasta rosas y frutas, incluso chocolate. Yo prefiero que se quede con el natural y agregar distintas salsas o aditivos dependiendo del gusto del día.