A pesar de lo que pensaba, este verano pude escaparme un fin de semana a unas cortas vacaciones a la playa, mi pareja decidió darme una sorpresa y me raptó por unos cuantos días a un hotel de lujo. Tengo varias quejas sobre lo que fue mi estadía, porque el servicio, sin importar lo mucho que se disculparon e intentaron reparar sus errores, dejó mucho que desear. Pero para esta publicación lo que más quiero rescatar es lo que ocurre cuando se tiene un cambio de aires donde la elegancia y la opulencia son el centro de atención.

Parte de este viaje tenía que ver con jugar al lujo, la exclusividad y la elegancia, así que para eso nos preparamos. Por azares del destino mi novio consiguió una habitación bastante espectacular por un precio muy accesible, así que teníamos un balcón con alberca privada, una sala con dos sofás y la recámara tenía una cama King size con un diván, también había una cocina con una barra y un comedor bastante amplio. Creo que la decoración era mi parte favorita, había un espejo enorme en la sala, otro en el baño y uno más en la recámara, además de otra serie de cosas que ayudaban a pensar en escenas con James Bond.

De alguna forma la habitación decía por todos lados: Es hora del sexo. Lo que me hizo pensar que en cierta forma la elegancia, el lujo y la comodidad ayudaban a imaginar, que el deseo se enciende mucho más rápido lejos de ciertas preocupaciones como hacer de comer o limpiar. Eso y pensar que en cualquier momento el 007 podría aparecerse en el cuarto de en frente, hacía que la pasión estuviera al alcance de la mano.

El ambiente paradisiaco y tropical creo que también tienen mucho que ver, no siempre tengo la posibilidad de pasearme casi todo el día en traje de baño, de mostrarle tanta piel de forma constante, tampoco yo de verlo con el torso descubierto y aprovechar de verlo nadar o salir del mar. Ese tipo de imágenes que te regala el mar y que se atesoran en la mente para las fantasías y las masturbaciones.

Sobra decir que nos dedicamos a probar todo lo que el lugar nos motivaba a experimentar, desde la alberca en el balcón para pasar a los camastros y de ahí a la cama, o empezar en la tina para terminar en el piso de la sala (no sé cómo terminamos ahí), además de probar cada uno de los muebles. Creo que si no se usa de esa forma un hotel, no se saca provecho de lo que realmente el lugar tiene para ofrecer.

El sexo y el lujo pareciera que se entienden bien, creo que es algo relacionado con la idea que podemos tener en cierto momento sobre el poder, como el dinero, el lujo y las extravagancias que podemos encontrar nos hacen pensar que el deseo también está al alcance de la mano. Aunque siempre lo está, el deseo, el placer y el orgasmo son nuestros, sólo basta jugar un poco.