Ahora que ando metida en pensar sobre relaciones creo que lo que sigue es pensar en una duda básica: ¿Cómo sabemos que estamos felices en una relación? Es una pregunta fácil y sencilla, que debería poder resolverse de la misma forma. Lo curioso de la pregunta está en que suele llegar en el momento en que la pregunta no se puede contestar de forma sencilla. Aunque tampoco tiene respuesta correcta. La primera vez que me hice esa pregunta estaba saliendo de una relación complicada. No hay que decir nombres, le deseo lo mejor.

Leí un libro una vez (lo recomiendo mil veces), se llama Doña Flor y sus dos maridos, y lo menciono porque me gustó lo que decía, era algo sobre que las cantidades van al gusto de cada persona. Eso sí, probando es que se conoce cómo es que algo nos gusta. Pocas veces he visto que alguien prepare sus tacos de la misma forma. ¿Cómo se aprende a vivir si no es viviendo?

Eso me llevó a pensar que hay que estar abiertas a las señales y al proceso de conocer al otro. Saber si estamos dispuestas a vivir con las costumbres que la otra persona arrastra, si podríamos aguantar más de dos meses con él hablando de su trabajo, si rinde en la cama como para decir que vale la pena tenerlo cerca al amanecer.

Recuerdo que mientras conocía a quien hoy es mi pareja me emocionaba darme cuenta de algunos de sus comportamientos. Me daba risa como siempre perdía los lugares de estacionamiento por ir cantando lo que sea que estaba en la radio. También que él tuvo que aprender, por ejemplo, que hay veces que me despisto y no sé donde estoy o qué estoy haciendo, a pesar de que tenga la apariencia de estar completamente concentrada.

Precisamente en eso consisten los primeros encuentros, aprender del otro. Aprender sus secretos, mañas y aficiones. Al inicio, en el enamoramiento todo es deslumbramiento y cada nuevo aprendizaje es una sonrisa (al menos así suele ser para la mayor parte de las personas). Después viene la prueba difícil, ver si la alegría dura.

Me pasó en varias ocasiones que la relación terminó por estancarse en una rutina de flojera, siempre lo mismo y hacer por inercia. Contra eso no hay nada mejor que ser sincera y no tener pelos en la boca. El siguiente paso tiene que ver con reafirmar las perspectivas para el futuro, que siempre está acechando desde el fondo, pero que no siempre sale a la luz. Lo importante es ser, insistiré siempre, congruente con una misma. Si tú quieres hijos y él no, no intentes convencerlo. Si quiere vivir en el extranjero y tú no eres capaz de separarte de tu familia, no lo pienses mucho, es probable que no funciones y lo sabes.

Es cierto que no es tan fácil como lo escribo aquí, pero debería serlo. En realidad, creo que lo único de lo que puedo estar segura es que hay que saber disfrutar de los distintos momentos, duren lo que duren.