Ahora que el calor se pasea por la ciudad y que la primavera está en su esplendor no sólo florecen los árboles, sino que abundan los vestidos. Es una de las épocas más bellas del año porque la comodidad y la seducción que implican se ajustan muy bien a los inconvenientes del clima. En lo particular lo que más me gusta es que, a su manera, ponen al cuerpo en contacto con el mundo, empezando con la brisa que se escabulle entre las piernas o la comodidad de llevar los hombros y los brazos descubiertos.

En esta época del año es cuando me cuestiono si realmente debería vivir en la Ciudad de México, con su tráfico desquiciado, el nuevo reglamento de tránsito y el hoy no circula tan voluble, cuando hay ciudades más cálidas que podrían recibirme, quizás con los mismos problemas de metrópoli loca o con otros nuevos, pero siempre la promesa de un clima que le sonríe a los vestidos durante todo el año. Tengo la idea de que los vestidos hacen que el entorno sea más alegre.

Las conveniencias para usarlos son miles, en beneficio de la sexualidad se me ocurren varios:

1. Sugerir. El vestido permite jugar con la pareja, mostrar un poco más por momentos. Aunque a veces los pliegues se encargan de hacerlo sin que lo planeemos, el vestido juega a ser un velo que cubre y descubre sin enseñar. En eso se esconde su seducción y empieza cuando nosotras lo deseamos.

2. Practicidad. En algún texto ya lo habré comentado, para encuentros furtivos, arranques de pasión en lugares prohibidos o instantes de locura en algún lugar durante el camino, el vestido es un gran aliado, permite que podamos encontrar el camino al placer sexual mucho más rápido. Cuando la voluntad y el deseo lo disponen, el vestido lo hace todo sencillo.

3. Versatilidad. El complemento de todo vestido es el bolso, esa combinación se transforma en un abanico de posibilidades que ofrece a la imaginación un mundo de posibilidades al placer. Si el vestido permite grandes comodidades al cuerpo, el bolso puede ser el lugar donde esconder algunos juguetes sexuales para cuando tengamos pensado ser algo traviesas.

4. Libertad. Quizás sea insistir mucho pero un vestido siempre hace sentir ligera cuando atravieso el mundo. Y, antes de que lo olvide, creo que si hay algo que adoro de los vestidos, además de todo lo que ya mencioné, es que permite liberar los pies, usar todo tipo de sandalias, lo que significa que en cualquier momento puedo descalzarme y para mí poder caminar en contacto con el piso siempre termina por dibujarme una sonrisa. Además, hay algo interesante en esas partes del cuerpo que suelen estar cubiertas, al momento en que se pueden ver despiertan cierto deseo, cierta sorpresa.

Eso sí, el vestido no significa que siempre que se usa es para alguna de estas razones. Los motivos para usarlo van desde la comodidad hasta verse bien. De cualquier forma, nadie tiene por qué justificar la forma en que se viste.