Ahora que tenemos encima un par de días de vacaciones en los que por fin podemos desconectarnos un poco de la rutina, despejar nuestra cabeza y disfrutar, ya sea de alguna otra ciudad, país, la playa, el bosque o el desierto, o incluso un pueblo mágico escondido en algún lugar por ahí, quiero mencionar y dejar en claro que lo más importante de un viaje no es el destino, sino saber llegar.

Por eso invito a cada una de mis lectoras a que disfrute el trayecto en carretera como lo deseen, pero que no sea sólo una tortura en la cual apachurrarse en un camión o un automóvil. Las oportunidades del placer están en todos los lugares posibles para los que saben ver, para las mujeres que somos capaces imaginar y encontrar.

En el camino a la playa me dediqué a demostrarlo, ¿a quién? A la única persona de la que me interesa conocer la opinión, a mí. No sólo hicimos paradas en gasolineras para echar gasolina y comer algo o estirar las piernas. En cierta forma siempre me ha parecido que estos lugares en medio de la nada tienen algo especial, es como si nadie perteneciera a ese lugar. Las personas que trabajan en ellos no viven ahí, algunas hacen trayecto absurdos para cumplir con sus horarios. Son algo como un pueblo fantasma.

Tenía yo una pregunta que me parecía que tenía mucho sentido, ¿cómo sería llenar un lugar despoblado y ausente como una gasolinera de carretera de gemidos y placer, gritos de euforia y el resonar de los cuerpos en el proceso de amalgama? (cuando la dije sonaba como: ¿Cómo será tener sexo en una gas en medio de la nada?). Me parecía que el sexo en estos lugares eran como un proceso de exorcismo, que de alguna forma se rompería el hechizo que hace que la vida se aleje de estos lugares y que no pueda establecerse. Mis amigas a veces me dicen que he estado leyendo mucho.

Pero no sólo era buscar el sexo en estos lugares, sino que también decidimos parar a la mitad de la nada y disfrutar de la soledad que la abundancia de la naturaleza y el paisaje pone de por medio. Bajo el atardecer en proceso, una parada para disfrutar de los colores que se deslavan en el cielo y acoger el cuerpo de mi pareja para llegar a nuestro destino con una sonrisa imborrable.

No hay que llegar primero, hay que saber llegar.

También hicimos una parada en un pequeño hotel en el camino, porque el cansancio y las carreteras no hacen buena combinación. Creo que lo más divertido fue la competencia de gemidos. Había varias parejas a los alrededores y en un momento pareció que deseaban demostrar algo, o quizás fue un efecto dominó que hizo caer los orgasmos uno tras otro. ¿En algún momento sonará como si fuera una canción? La próxima vez le preguntaré a la recepcionista, si es que no trae audífonos puestos todo el tiempo.