Ante la visita reciente de Roger Waters y la sorpresa del concierto en el Zócalo de la Ciudad de México, junto con el discurso político y grandes efectos visuales me ocurrió una de las experiencias más revitalizantes de los últimos meses. Ahora que existe la vigilancia por toda la ciudad se ha perdido la facilidad que antes existía de tener sexo en el coche o la vía pública, no sólo eso, sino que además en cualquier momento alguien puede pasar y grabarlo con el celular y subirlo a la red.

Ese siempre ha sido mi gran temor, terminar en alguna página web entre los otros 30 mil videos y que por alguna casualidad el mío se haga famoso y termine por ser el nuevo chisme en la oficina.

Sin embargo, hay algo que tienen los conciertos, cierta energía curiosa, algún tipo de euforia que entra en los asistentes que coloca todo en cierta sensación de magia que hace todo posible.

Todo empezó en aprovechar de una mejor forma el tiempo que iba a tomarnos salir del tráfico, no había necesidad alguna de correr para quedarnos esperando una media hora en el semáforo. Quizás en otro momento no hubiera tenido el atrevimiento, pero de alguna manera la música me llevó a otra época y tenía sentido dar rienda suelta a la locura.

Mi intención no es contarles cómo fue que nos escabullimos para tener sexo a la salida, sino resaltar que hay momentos en que debemos atrevernos a romper ciertas reglas, porque el erotismo en sí mismo es romper con la forma en que se aparece el cuerpo usualmente. Pensar en el sexo como una forma de obtener placer y romper los parámetros de dónde se puede y bajo qué condiciones despierta algo primitivo en la sexualidad.

La experiencia del concierto es realmente liberadora, tiene que ver con ser parte de esa masa gigante y completamente humana que siente y se mueve por momentos como atadas a un mismo corazón. Esa parte en la que de repente nos abandonamos y somos un fragmento de algo más es lo que hace de estos eventos algo tan importante, no se trata sólo de la música, sino que en el fondo es un acto de erotismo.

La forma en que se estimula la imaginación durante un concierto nos conecta con partes que a veces están olvidadas y eso despierta algo en el sexo que pocas veces se puede vivir. Ningún concierto es igual, ninguna noche con nuestra pareja lo es tampoco. La forma en que hacemos de cada encuentro sexual algo nuevo, estimulante y excitante depende de cada uno de nosotras. A veces basta con dejarse llevar, otras veces es necesario tomar la mano de nuestro amante, esconderse en algún lugar oscuro y antes de que la sorpresa pase, bajarle los pantalones y darle sexo oral.

Tuvimos suerte de que nadie nos viera, si alguien lo hizo fue lo suficientemente amable para no interrumpirnos.