En mis extraños caminos por el Internet me encontré con este término: slow sex. ¿De qué se trata? Por lo que entendí se trata de una tendencia por llevarse el sexo con calma, entre una prueba de paciencia y una búsqueda por cambiar la idea de que el sexo se tiene que parecer a una película porno donde todo está listo, no hay nombres ni apellidos y tampoco razones para tener sexo.

La idea general en el sexo es darle rienda suelta al cuerpo, que el placer se desborde y tome el control, pero con el slow sex lo que quieren es que el placer no se relacione con la velocidad. Si ya tenemos prisa para llegar al trabajo, a la escuela, a la reunión, a la junta, ¿necesitamos tenerla para llegar al orgasmo? Cuando se pone en esos términos me convence.

Eso sí, yo no creo que haya una forma correcta de hacer las cosas siempre. Para ejemplos me sobran experiencias, cuando uso mis dildos no siempre elijo el mismo, no siempre es con el ritmo lento o rápido, tampoco lo disfruto igual. Pensar en recetas para el orgasmo es como leer una lista de sugerencias de donde hay que tomar lo que mejor nos acomode.

El slow sex también se olvida de eso, pero la intención me gusta. Cambiar los ritmos y no quedarse en el mismo lugar, en la misma posición y menos con los mismos pasos. Cuando dice que hay que enfocarse en cómo nos sentimos al excitarnos y darle tiempo a cada sensación creo que tiene un gran acierto. Pero parte de entender el placer y al cuerpo es saber cuándo hay que dejarse llevar.

Por eso el rapidín tiene lo suyo. ¿Qué? ¿Ahora? ¿No tenemos que estar en 15 minutos en la conferencia? Si el slow sex es algo que se debe practicar, el rapidín también. Ese rapto de los sentidos en medio de todo lo que pueda estar planeado es una forma recomendable de decir: Te quiero, te deseo. Porque qué dice mejor que te interesa aquel hombre que raptarlo para hacérselo entender por medio de acciones.

Si el chiste del slow sex está en dar un tiempo justo para disfrutar, el rapidín tiene su encanto en que permite tener un momento con el que embellecer el día y la rutina, un breve paréntesis para que la vida quepa en medio de andar para arriba y para abajo. Desde llevar las balas vibradoras para el carro y los momentos de mucho tráfico, hasta dedicar toda la tarde a disfrutar de un tiempo a solas con un dildo.

Todo esto lo aprendí de mano propia. Masturbándome aprendí que el placer se consigue de diferentes formas, que los orgasmos tienen matices, tonos y, algunas personas lo logran, también consiguen colores, texturas y patrones. Por eso estoy trabajando en mi colección de dildos, para que la variedad juegue a mi favor. A veces lento, otras más rápido; pero con una sonrisa en el rostro y la respiración entrecortada.