En alguna otra ocasión he hablado al respecto de cómo la música acompaña el sexo, para mí es una relación de complicidad e intimidad algo especial. Cantar es algo que me encanta hacer a pesar de que no tengo una buena voz ni me sé muchas canciones en realidad. El sexo y la música empezaron a unirse en mi vida en el momento en que empecé a masturbarme, mientras conocía las nuevas sensaciones de placer también fui descubriendo nuevos grupos e intérpretes.

Creo que la primera vez que me masturbé lo hice con el disco Californication de los Red Hot Chili Peppers. Después se transformó en el soundtrack oficial, al punto en que hoy en día no puedo escuchar Scar Tissue sin comenzar a excitarme.

La música no sólo me acompañaba, sino que también me daba la libertad de gemir, subía el volumen y mi afición se encargaba de encubrir mi placer para el mundo exterior. No sé qué hubieran pensado mis padres de saber que empezaba a explorar mi cuerpo a los 12 años, pero creo que el principal objetivo era disfrazar mi excitación y poseer un espacio de privacidad e intimidad que se vuelve difícil en esa época de transición en la que se abandona la infancia para tener los primeros acercamientos con la sexualidad.

Conforme los años avanzaron y mi sexualidad fue desarrollándose, la música siguió acompañando mi placer, no sólo durante las fiestas y las reuniones, también la llegada de nuevas canciones y cantar a todo pulmón bajo la regadera. Conforme el tiempo avanzó se aparecieron nuevos géneros y momentos para acompañarlos con música, si en un momento usaba la música para tener cierta privacidad debajo de los guitarrazos, después fue parte del fondo y el paisaje en las fiestas cuando empezaba a ligar y conocer chicos.

Luego llegó la primera vez y, por alguna razón, creo que fue el nerviosismo o el cliché, tocó acompañar el sexo con Norah Jones que ahora siempre me recuerda a los momentos de inocencia, emoción y sueños de los diecisiete. Hay veces que el silencio me parece mejor acompañante, otras en las que la música ayuda a crear un ritmo en particular, como en el caso de los vibradores que se sincronizan con la música y se mueven al compás de la canción.

En otros momentos la música ha ayudado a soportar la convivencia, hay veces en las que tener roomies termina por generar estrategias para los momentos en que la casa se llena de las expresiones típicas del amor. Entonces la música aparece como una cortina para que la intimidad se quede dentro del cuarto.

Cada uno utiliza de forma diferente la música y las combinaciones que puede tener con el sexo son tantas como los gustos que podamos tener, desde los que prefieren la salsa y los ritmos guapachosos, hasta los que juegan a ser sofisticados y hacen sonar a Bach y toda su obra.