Aunque pareciera que usar un dildo es algo sencillo y que para toda mujer es natural masturbarse, lo cierto es que no sucede así. Hay muchas cosas de por medio en el uso de los juguetes sexuales, desde atreverse a usarlos por encima de lo que la gente pueda decir, hasta sentirse cómoda con abrir paso por ese camino. A fin de cuentas a muchas personas nos han dicho que el sexo es algo prohibido o que debemos ocultar, cuando en realidad es algo que debemos disfrutar y asumir como parte vital de nuestras vidas.

Mientras que nos pongamos trabas no lograremos poseer una sexualidad realmente libre. La libertad no implica el desenfreno, pero sí hacer lo que consideremos más adecuado, que podamos saber qué es lo que queremos, lo que nos gusta y podamos elegirlo cuando queramos. La libertad empieza con la capacidad de elegir por nosotras mismas.

En el uso del dildo, para alcanzar la libertad primero hay que conocer nuestro juguete. La elección depende mucho de lo que nos gusta y de nuestro cuerpo, la forma de la vagina, la disposición de los labios y su tamaño, la sensibilidad del clítoris y las paredes, lo bien que conozcamos el punto G.

Para elegir bien hay que masturbarse a conciencia. Ya que se superó esa prueba se necesita ver qué química resulta del dildo, nuestro cuerpo y nuestra mano. La meta es descubrir algunos de los orgasmos que se enlistan en muchos sitios sobre sexualidad. Aunque para este punto el orgasmo que estalla desde el clítoris ya debería estar dominado, el que se conecta a los senos requiere más paciencia y el del punto G debería ser un buen amigo.

Vale la pena usar el dildo y acariciar con él las paredes, un lado o el otro, con paciencia y deseo. Buscar sensaciones no como si hubiéramos perdido el pasaporte en el cuarto, pero sí como si fuera un paseo y estuviéramos esperando que se aparezca un arcoiris.

La mejor actitud o disposición empiezan con la masturbación, ya encendido el fuego es fácil encontrar los puntos sensibles y placenteros, dar rienda suelta a la imaginación y soñar un poco con Brad Pitt o el sujeto extraño que nos miraba desde el fondo del café, recordar una buena noche de sexo o fantasear con lo que podría pasar el fin de semana con el objeto del deseo.

Aunque hay un truco importante que no se debe dejar pasar, no hay que pensar el dildo como un pene sustituto, porque no lo es del todo, sino quizás como una extensión curiosa de la mano con la que alcanzamos tocar más allá de lo usual.

Dependiendo de lo que deseemos podemos entonces saber si lo que nos gusta es realmente hasta el fondo o no, hay mujeres a las que les lastima la penetración profunda, otras a las que les obsesiona. El dildo es excelente para descubrir si es algo que necesitamos probar o no con nuestra pareja.