Ya había contado que en estas vacaciones que apenas atravesamos tenía pensado visitar una playa nudista, ¿por qué? No sólo se trata de conseguir un bronceado completo, sino que también la experiencia de estar entre otro ciento de personas desnudas que se miran las unas a las otras como si fuera lo más usual del mundo es algo que deseaba experimentar.

 

Romper las ideas que tenía con relación a mi propia desnudez fue algo curioso. Empezó con que la desnudez que me pareció muy natural en un inicio era algo prohibido y estaba mal vista. Tenía que ocultarla, afortunadamente había miles de opciones para vestirme, con el paso de los años aprendí a aprovechar todas esas posibilidades, desde vestidos a pantalones y las variantes que están de por medio.

Cuando empecé a explorar mi sexualidad empezaron los enfrentamientos entre qué podía pensar otra persona de mi cuerpo. Se volvió muy importante porque de otra forma parecía que nunca iba a encontrar pareja, a alguien que pudiera preocuparse por mí. Por eso, esconderlo o mostrarlo era una forma de mantener el interés o el cariño de una persona. En ese punto de mi vida no entendía muchas cosas que ahora me quedan claras, la más importante es que la única persona a la que le debería importar cómo me veo es a mí.

La playa nudista tenía que ver con esto, para mí era ver hasta qué punto realmente no me importaba lo que pudiera la gente decir o pensar de mí. Por supuesto, además quería meterme al mar, sino ¿para qué son las vacaciones? Aunque claro que entiendo que hay veces que perderse en medio del bosque es mucho más atractivo, cada quién dirá.

Desde que llegamos el espíritu del viaje era de aventura, la intención era descubrir algo nuevo de la vida, de nosotros mismos. Incluso, eso nuevo podía ser que la desnudez en realidad no era nada que se debía descubrir. Fue divertido, ir con amigos lo hizo todavía más interesante, porque es ahí donde la vergüenza realmente queda expuesta o fuera.

Los resultados fueron muy distintos, uno de los miedos que tenía una amiga (tal vez incluso ganas de verlo) era que en algún momento una pareja estuviera teniendo sexo en público. El miedo estaba basado al parecer en que la desnudez hace que las personas perdamos el control, pero no pasa así. Al menos no en mi mundo.

Eso sí, en cierta forma la excitación cuando se va en pareja siempre está a la mano, esa imagen de la persona amada saliendo de la playa para buscar un beso nunca se ha visto mejor, con todo y tropezones entre las olas. Saber que los ojos de nuestra pareja tienen la posibilidad de encontrar nuestro cuerpo una y otra vez, ver el suyo en medio del mar o tirado bajo el cielo a la merced del sol, completamente desnudo, hace que la sexualidad despierte fácil, sobre todo cuando hay amor.