Hacía tiempo que no visitaba una sex shop real, en carne y hueso. Ahora que tengo Sexísimo a la mano me doy el lujo de ahorrarme cierto tiempo, pero en estos días me di un paseo por algunas de las sex shop de la Ciudad de México, sobre todo porque hay veces que no me decido a comprar nada sino es al momento de verlo. De la vista nace el amor.

Así fue que me decidí a entrar a cada sex shop que me encontrara en el camino sin importar el momento y comprar algo, ¿por qué no? Lo que resultó en que ahora estoy lista para una despedida de soltera, compré muchas paletas en forma de pene porque de tantas a las que entré me hubiera quedado sin un centavo.

La parte que se me hace más curiosa es la forma nerviosa en que las personas entramos a las sex shop, ya para la quinta tienda me sentía yo como cliente frecuente en el tianguis, pero la mayoría de las personas al entrar a una tienda de juguetes sexuales lo primero a lo que tememos es al qué dirán. Vi a un señor que salió un tanto encorvado de una tienda y que guardaba con poco disimulo su compra debajo del saco. Se llevaba unas bolas chinas, quién sabe si para él, para su pareja o para ambos. Iba vestido como para trabajar en una oficina y me dio la impresión de que pensaba que lo perseguían y que en cualquier momento alguno de sus colegas lo iba a sorprender.

El qué dirán es curioso, porque la idea que una persona podría tener de nosotros al salir de una sex shop dice más de ellos que de nosotros, porque estamos las personas que orientadas por la curiosidad y el ánimo de explorar, de disfrutar más y mejor, que no significa que nos guste todo, sino que nos animamos a probar de qué se tratan ciertas cosas y decidir a partir de eso.

Las otras personas, que parece que se quedan a la entrada de las tiendas para saber qué personas entramos, que intentan adivinar lo que compramos y cómo serán nuestras vidas son también curiosas. Algunas tal vez se divierten imaginando qué estaremos fantaseando y con eso les basta, nutren su imaginación con lo que esperan de la nuestra, algunos puede que nos miren con envidia y censura por experimentar donde ellos no se atreven.

También los vendedores son algo curiosos, tienen a veces tanto entusiasmo que asustan a los más penosos y hay otros que parecieran fantasmas que nunca han visto la luz del sol o que han olvidado cómo hablar. Incluso hay veces que nos hablan a los clientes de una forma tan suave que me da la impresión de que creen que nos vamos a romper o que un poco más de volumen lo que hará es que salgamos corriendo sin comprar nada.

Sea la tienda donde quieran realizar sus compras me gustaría que lo hicieran guiados por la sana y dulce curiosidad, las ganas de divertirse y la constante búsqueda del placer.