La persona que no conozca de qué se trata ese condenado juego seguramente tiene vida que recorrer todavía o teme que el mundo conozca su oscuro secreto. Para los que no saben de qué se trata, Yo nunca, nunca… es un juego para beber en el que se completa la frase con una acción, en el caso de que alguna de las personas que esté jugando lo haya hecho debe tomar un shot de lo que se haya elegido, por ejemplo, si a la persona que le toca decir la frase se le ocurre decir: “Yo nunca, nunca he visto películas porno” todos aquellos que lo hayamos hecho debemos tomar.

Al final, como ya se lo imaginan, el resultado es una borrachera de aquéllas y la revelación inmisericorde de muchos secretos e intimidades. Siempre se complica cuando hay una pareja o más en el juego, porque el morbo, las indiscreciones y la falta de honestidad o confianza pueden terminar haciendo del juego un drama interminable.

Justo ese fue el riego al que me sometí este fin de semana, aunque llevaba desventaja porque algunas de mis amigas y también amigos están al tanto de mis publicaciones y aprovecharon para poner a prueba mi sinceridad. Sobra decir que terminé no sólo viendo doble, sino hablando de más.

Afortunadamente, siempre he buscado ser sincera con mi novio y nada de lo que fue saliendo en la noche era algo desconocido para él, con el tiempo he aprendido que se debe valorar por encima de todo la verdad ante la pareja, sobre todo cuando es alguien que deseas pase a ser importante en tu vida.

En esta entrada deseo más que hablar de la necesidad de explorar nuestro placer y los pasos que he dado en esta dirección, expresarles a todas ustedes lo importante que una buena comunicación con nuestro amante, novio, o similar es, para que así sobrevivan cuando deban enfrentarse a la prueba de fuego que puede llegar a ser el Yo nunca, nunca… o el bombardeo de preguntas incómodas de alguna amiga curiosa.

En una ocasión me ocurrió con un exnovio, cuando en una ocasión atravesamos la prueba de fuego del Yo nunca, nunca… no pasaron tres preguntas cuando él ya tenía la quijada rígida, la mirada baja y tomaba en todas las preguntas que creía podían lastimarme o vengarlo. Lo doloroso era más su actitud que sus acciones, esa cuestión de sentirse herido por un pasado donde el no existía y que le daba la impresión de traición. En ese momento decidí que lo mejor era eliminar esa posibilidad a la primera.

El chico no duró mucho, pero dejó un gran aprendizaje, a partir de ese momento a cada uno de mis pretendientes lo someto a una sesión de sinceridad dura y tortuosa en la que tiene que revelarme, primero y antes que nada qué espera, cuáles son sus planes, qué espera cambiar en mí, qué tiene pensado hacer dentro de 5 años, y un largo etcétera que termina por ser una verdadera prueba de fuego para saber si hay interés o nada más es la calentura.